Espera a la primavera, Bandini by John Fante

Espera a la primavera, Bandini by John Fante

Author:John Fante
Language: es
Format: mobi
Published: 2008-04-15T22:00:00+00:00


A las ocho en punto de la mañana se puso a esperar a Rosa junto a la fuente del patio del colegio. Sólo faltaba un día de clase para las vacaciones navideñas. Sabía que Rosa llegaba siempre temprano al colegio. Él llegaba por lo general después del último timbrazo y las dos últimas manzanas que le faltaban para llegar al colegio las salvaba a la carrera. Estaba convencido de que las monjas que pasaban le miraban con recelo, a pesar de sus sonrisas amables y sus felicitaciones navideñas. En el bolsillo derecho del chaquetón sentía el abrigado y relevante bulto del regalo que iba a darle a Rosa.

Los alumnos comenzaron a llegar a eso de las ocho y cuarto: chicas, como es lógico, pero no Rosa. Consultó el reloj eléctrico de la pared. Las ocho y media y Rosa sin aparecer. Arrugó el entrecejo con disgusto: toda una media hora esperando allí y ¿para qué? Para nada. Sor Celia, con el ojo de cristal más brillante que el sano, apareció por las escaleras, procedente de las dependencias del convento. Al verle allí en actitud de quien espera, a Arturo, que por lo general llegaba tarde, miró el reloj que llevaba en la muñeca.

—¡Dios bendito! ¿Se me habrá parado el reloj?

Comprobó la hora en el reloj eléctrico de la pared.

—¿ Has pasado la noche en casa, Arturo?

—Pues claro, hermana Celia.

—¿ Quieres decir que has llegado adrede media hora antes esta mañana?

—Para estudiar. Voy atrasado en álgebra.

La monja sonrió dubitativa.

—¿Cuando sólo falta un día para las vacaciones navideñas?

—Pues sí, así es.

Él sabía, no obstante, que aquello carecía de lógica.

—Felices Pascuas, Arturo.

—Igualmente, hermana Celia.

Las nueve menos veinte y Rosa sin aparecer. Todos parecían mirarle, hasta sus hermanos, que se quedaron boquiabiertos como si en realidad estudiara en otro colegio y en otra ciudad.

—¡Pero mira quién está aquí!

—Date el piro, cagón. —Se inclinó sobre la fuente para beber agua fría.

A las nueve menos diez abrió la muchacha el portal de la entrada. Allí la tenía, sombrero rojo, abrigo de pelo de camello, chanclos de cremallera, su rostro, su cuerpo entero encendido por las llamas frías de la mañana invernal. Se fue acercando con los brazos en derredor de un montón enorme de libros. Saludaba a sus amistades con una inclinación de cabeza, su sonrisa semejante a una melodía que sonara en el patio: Rosa, la presidenta de las Jóvenes del Santo Nombre, la amada de todos, se acercaba, se acercaba con los pequeños chanclos golpeando el suelo con júbilo, como si ellos también la amasen.

Apretó con fuerza la mano en que tenía el joyero. Un repentino chorro de sangre le rugió en la garganta. El aleteo vivaz de los ojos femeninos se posaron durante un segundo tránsfuga en la cara de Arturo, atribulada por el éxtasis y la tortura, en su boca abierta, en aquellos ojos que parecían salírsele de las órbitas mientras tragaba saliva para dominar el nerviosismo.

Se había quedado sin habla.

—Rosa... yo... mira esto...

La mirada de la joven siguió su curso. El frunce se trocó en sonrisa cuando una compañera llegó corriendo y la arrastró consigo.



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